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Alpamayo: Un gran Amor
En uno de mis viajes a la Cordillera Blanca del Perú, en el verano del 2002, llegué a Huaraz para encontrarme con el compañero español Diego Pellejero, oriundo de Logroño. Esa noche nos tomamos unas birras para echarnos los cuentos del año y preparar nuestro ascenso de aclimatación al Vallunaraju (5700 m). A los dos días, salimos hacia el Campo Base del Valluna para después ascender e instalar Campo Morrena a 5000 m. Al día siguiente, nuestro intento de cumbre se vería frustrado al encontrar nieve profunda y fuertes vientos que nos harían darnos la vuelta a solo 200 m de la cumbre. Por si acaso no nos acordábamos, ese día nos sirvió de recordatorio en aquello de que no existe montaña pequeña ni fácil por mucho que lo parezca.
De regreso a Huaraz y con el mal sabor de boca que había dejado el Valluna, recibimos al“resto” del grupo, el partner catalán Juan Carlos Martín. Rápidamente nos preparamos para el objetivo principal de nuestra pequeña e improvisada expedición: El Alpamayo (5950 m), esa impresionante pirámide blanca que años atrás había sido declarada “la montaña más hermosa del mundo” y que siempre ha sido una de las más deseadas por los montañistas del planeta.
Después de dos días de preparativos, salimos al trekking de aproximación por el cañón de la Quebrada Santa Cruz, tomando dos días para llegar al Campo Base. Al día siguiente, subimos al Campo Morrena y al otro día ascendimos por el empinado y extenuante glaciar de la vertiente sureste, con todo nuestro equipo, hasta llegar al collado. Desde allí rapelamos al plateau del Campo 1 a 5300 m, en el Glaciar Oeste, para posicionarnos para escalar el corredor Ferrari de la pared oeste del Alpamayo.
Mientras instalábamos nuestra pequeña carpa en el glaciar y derretíamos nieve para hacer agua, nuestros ojos se mantenían pegados a aquella imagen, ahora real, que había sido tan soñada, durante tantos años. Allí estaba, El Alpamayo, en frente de nosotros, intimidante, pero también, irresistiblemente atractiva y ya casi podíamos tocarla.
El día finalmente llegó y, con luz de media luna, salimos a media noche para acercarnos a la rimaya de la base de la pared. Allí tuvimos que echar mano a nuestras mejores artes en el hielo casi vertical del primer largo que nos llevaría al corredor de 350 m de largo en dirección a la cima. El frío era dolorosamente intenso y pronto afectó manos y pies pero la emoción de trepar con nuestras herramientas por aquella larga canal de hielo era mucho más grande que todo eso, mientras la adrenalina y la endorfina nos ayudaban a movernos rápidamente y con confianza hacia arriba.
Por otra parte, las estacas y tornillos que íbamos colocando como protección quedaban sólidos más allá de cualquier “duda razonable” y la cuerda nos mantenía unidos entre nosotros y a la montaña, brindando la seguridad necesaria para el pleno disfrute de la experiencia que estábamos viviendo.
Al final del corredor, llegamos a un hongo de nieve donde nos enfrentamos al último largo que llevaba a la cumbre. Una sección muy irregular de hielo y nieve con tramos de nieve blanda vertical que hacían de este último largo un verdadero reto que exigió toda nuestra mejor técnica, mientras el cansancio acumulado de 8 horas de acción combinado con la delgadez del aire de los casi 6000 m de altura, aumentaban la dificultad al máximo.
Una vez arriba, un poco más cerca del cielo, el momento de cumbre sería corto pero grandioso. La felicidad era plena y, sin darnos cuenta, junto con el abrazo de cumbre había nacido una importante amistad entre nosotros. Habíamos escalado juntos un sueño y en la forma más pura del alpinismo moderno. Después de ese breve instante, ocho rapeles nos llevarían en forma segura de regreso al campamento, nuestra base más cercana. Los labios rotos de sangre, el agotamiento extremo y el dolor del frío en dedos de pies y manos no importaban. Habíamos escalado El Alpamayo. Alpamayo, un Gran Amor.
César Díez - 07.06.05

