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Kukenán-Matavy Tepuy (Agua sucia) - Diciembre de 2008

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De nuevo con nuestro morrales a la espalda mis amigas y yo decidimos realizar la última excursión del año seleccionando para ello el Escudo Guayanés en la Gran Sabana, específicamente El Kukenán. Ante todo requeríamos un permiso especial de Inparques para la visita, ya que por ser un ecosistema muy frágil está restringido. Con éste en mano ya en la noche del sábado 13 subimos al autobús que desde Caracas nos dejaría exactamente en el poblado de San Francisco de Yuaruaní, en el Edo. Bolívar donde ya nos esperaban nuestro guía y porteadores. Era temprano en la mañana y en la casa de Carlos utimamos los detalles de todo el equipaje que necesitaríamos (alimentos, enseres de cocina, cuerdas, mosquetones, ropa, medicinas, combustible,cámaras fotográficas y toda la parafernalia inherente para tener una cómoda, segura y tranquila excursión).Pasado el mediodía llegó el camión que nos trasladó desde allí hasta la Comunidad Pemón de “Paratepuy”, me instalé en la cabina delantera y atrás todas los compañeros de viaje más el voluminoso equipaje. Transitamos una larga carretera de tierra roja que por estar seca levanta una densa polvareda y mojada es una trampa para los cauchos, por ello sólo vehículos de doble tracción o animales de carga se aventuran en ella. Está sumamente accidentada y en proceso de erosión por la estratificación de rocas de arenisca de formación primera. Su uso y abuso sirve de base para que en algunas partes se hallan abierto anchas y profundas grietas. Las bases de un puente instalado sobre un riachuelo de frías y tormentosas aguas están siendo socavadas. En velocidad moderada llegamos a “Paratepuy” en 45 minutos, es una Comunidad indígena y puerta de entrada para los visitantes de la Gran Sabana, acá encontramos la Oficina de Inparques donde se controla el número de visitantes, se revisa el equipaje (a fin de impedir que se trasladen animales, plantas, armas o cualquier otra cosa que pueda afectar los sitios a visitar). Una vez cumplido con todos los reglamentos y con la buena pro del Guardaparques comenzamos la caminata.

La Gran Sabana es de relieve variado, está formada por altas mesetas aisladas separadas entre sí y con alturas desde 200m.s.n.m, en las márgenes del río Orinoco hasta los tepuyes de paredes escarpadas y abruptas con elevaciones que superan los 2.800m.s.n.m.. En el suroeste de la Gran Sabana muy cerca del tepuy Roraima (2.810 m.s.n.m.) que sirve e vértice fronterizo entre Vzla., Brasil y Guyana (Zona en reclamación) se yergue el tepuy Kukenán, un monumento natural cuya formación se remonta a 400 millones de años, sus rocas son de las más antiguas del planeta (Período Pre-Cambríco). De su cima (2.800 m.s.n.m.) se desprende un salto de agua de 610 m., considerado uno de los 4 más altos del mundo en caída libre.

Es un día especial despejado y la magnificiencia del Kukenán visto desde el camino me abruma y asombra. Un día claro con sol intenso y ardiente lo que permite distinguir en una primera visión allá a lo lejos, una ancha y alta muralla de múltiples colores formada por la erosión de miles de años. Caminaremos hacia allá 9 kms asata el río Teck. Camino entusiasmada por un sendero de tierra apisonada por miles de pisadas anteriores entre indígenas, lugareños y turistas, es como una cinta marrón rojiza de arenisca que a veces se rodea de piedras altas redondas, que serpentea por un mar de hierba abierta, cruzada a veces por riachuelos en bordeadas selvas de galerías y bosques ribereños. Caminamos 5 horas hasta el río Teck, éste es el sitio “medio” de la caminata donde casi todos se detienen a pernoctar antes de seguir camino. Hay allí unas precarias instalaciones con techo de moriche sin paredes, un largo mesón y varios bancos, es un abrigo para dormir. Sin embargo nosotros abrimos nuestras carpas a la intemperie bajo una fastidiosa llovizna, estaba anocheciendo y en la oscuridad mientras nos preparaban la cena, bajamos una cuesta hasta el río donde el agua helada renovó nuestras energías, los fastidiosos “Puri-pur” nos hicieron huir. Esta primera noche nos acostamos temprano.

El amanecer está frío y neblinoso pero igual de encantador, con sigilo para no despertar a mi dormilona amiga salgo de la carpa con mi cámara para fotos a mano, no es cosa de desperdiciar el hermoso paisaje que me rodea. Al comenzar a olerse el café recién “colao” se levantan los demás, los sordos gruñidos de mi estómago me recuerda que es hora del desayuno. Terminado éste se recogen los “peroles” y nos ponemos en camino. Hasta la cima del Kukenán hay 25 km de caminata, pero no lo vamos hacer todo de una vez. Por lo pronto iremos hasta nuestro primer campamento bajo techo: “La Cueva”, el camino a veces está “tapado”, pero la intuición y conocimiento de nuestro guía nos lleva con seguridad, después de subir una cuesta se ve el camino que a la derecha sigue hacia el Roraima, nosotros nos desviamos desde allí, la sabana va subiendo en mesetas poco a poco, la vegetación es de hierba corta enmarañada, hay profusión de árboles quemados aún en pié que semejan negras estatuas mudas y mágicas. Atravesamos varios ríos corrientosos que bajan del tepuy, lo hacemos saltando a veces sobre piedras y con ayuda del bastón y de la mano del compañero, aún así en uno de ellos me caí sentada en la corriente, bueno no me importó porque el frío en mi parte trasera me estimuló a caminar con mayor entusiasmo (deseando que se secara pronto). Piedras grandes y negras están por doquier diseminadas, después de un buen rato nos volvemos a desviar en busca de nuestro refugio. Llegamos. Es una especie de cueva en verdad sólo techo y profundidad hacia la pared trasera, espaciosa. Nos instalamos comodamente para dormir plácidamente bajo la pertinaz lluviecita.

Un despertar tempranero con la idea de captar imágenes de todo aquél paisaje que la naturaleza me brinda. Dejamos acá bien guardadas parte de las provisiones que no necesitaríamos en la cima. Reanudamos nuestra caminata hacia el norte, calmados llegamos a “la base”, espacio arenoso rodeado de rocas y un pequeño riachuelo que corre en un lado. Será la última oportunidad para acarrear agua hasta llegar a la intrincada selva lluviosa que es la “falda” del Kukenán. Ahora el paisaje comienza a cambiar, sabemos que el tepuy está allí adelante, pero no lo vemos porqué está cubierto de nubes, que cuando se abren los rayos del sol directo me recuerdan que estoy en una zona tropical con 27º C a la sombra. La radiación ultravioleta es intensa. Más tarde surge la neblina envolviendo todo de nuevo o grandes nubes que se deshacen en lluvia torrencial, bajo ella penetramos en la selva que permanece en la sombra buena parte del día, por tanto es un hábitat húmedo muy fresco donde proliferan muchas especies de criptógamas y epífitas. Son abundantes los grandes helechos,bromelias y diversas palmas. El aguacero me empapa y dificulta el paso, una espesa selva de troncos rectos se esfuerzan en alcanzar la luz, la enhiesta arboleda arraigada y las frondosas copas de los árboles que la cubren me impiden ver el cielo. Salto charcos de suelo barroso, rocas húmedas y resbalosas bañadas por las aguas atomizadas de pequeñas caídas de agua desde el vértice del tepuy y que semejan blancos velos mecidos por el viento, son obstáculos que hay que rodear para poder continuar el sendero que no es tal. Carlos machetea y desbroza las lianas y ramas que se interponen, aunque la temperatura es de 22º el calor y el sudor merman mis fuerzas. Subo, bajo, subo aquél maravilloso mundo donde no hay jejenes ni zancudos. Raíces y troncos se ramifican en éste humedísimo ambiente. Fuertes declives y pendientes donde los pies no pueden aferrarse bien teniendo que hacer uso también de las manos para asirnos a los árboles y epífitas. Con la lluvia el suelo se ha vuelto un jabón y donde ha habido desprendimientos de la capa terrestre por ausencia de árboles el paso es difícil. Una apretada red de bejucos cubiertos de musgo impiden el paso. Penosamente Carlos nos abre el paso hasta que salimos de allí.

Ahora nos encontramos frente la muralla de piedra limpia de vegetación a no ser por grupitos de líquenes y musgos adheridos a ella, la vista en picada es espectacular, la copa de los árboles abajo de la misma parece una alfombra verde muy distante, la pared que tengo enfrente chorrea agua, la piedra tiene un matiz de color ocre impactante. El silencio es sólido. Levanto lavista y me deleito con la asombrosa cascada que desciende toda la pared del tepuy cayendo desde la cima, el desnivel del chorro de agua se pulveriza en el aire antes de alcanzar el fondo y las demás se infiltran en la base para luego correr gloriosas convertidas en brioso río que inundará la sabana.

Una cuerda inserta a la pared sirve de apoyo para comenzar el ascenso, un impulso suave y con ayuda y ya estoy en la primera cornisa, desde acá para mi comienza los “pelúo”, respiro hondo y profundo y subo, bajo, salto, me agarro de donde y como puedo por aquél camino rocoso con intensa fracturación de los bordes. Vamos internándonos en áreas de grandes depresiones, cañones y grietas de gran magnitud. Las orillas de las paredes son muy accidentadas y fragmentan su superficie en monolitos y torres de roca.

Llevamos horas caminando y llueve, llueve mucho. Las rocas de cuarcita duras y compactas pertenecientes al Grupo Roraima tienen un color rosado, aunque a veces meteorizan a tonos desde blancos a naranja y negros. Oscurece rápido y justamente cuando atravesamos un área peligrosa. No es prudente que continuemos. El guía decide “montar las carpas”, mientras lo hace yo con la espalda a la pared, tirito de frío, estoy aterrada pues no veo nada, no atino a encender mi linterna, ni comimos caliente esta noche, rápido entro a la carpa, visto ropa seca, comí algo dulce, creo, y a dormir. Y menos mal que no vi, porque al día siguiente ¡Oh Dios! Cuando necesariamente salgo de la carpa, me “quedo helada” del miedo. La misma estaba montada en una estrecha cornisa de piedra donde se apoya una parte y la otra parte en la orilla de la saliente limitando con un abismo. ¡Susto! . Ni sé como me aparté de allí, no sé lo que desayuné, lo que vestí, me arrimé hacia una partecita más segura y me puse a fotografiar como loca y faltaba lo peor para poder continuar habría que a gatas arrastrarse por el borde angosto de la pared. Pero a nadie le falta Dios. Carlos consiguió obviar este paso, pasamos por encima del vértice que aún siendo peligroso también, lo era menos.

Y así comenzó otro día lleno de sorpresitas que me pusieron la piel “de gallina”. Luego de caminar otro accidentado trecho tenemos mi “primera vertical”, subir una pared, no era allta pero mejor ayudarse con cuerda. Afortunadamente tenemos un arnés y unos compañeros solidarios,. Intimidante, con los ojos cerrados yo forcejeaba, sudaba, rezaba, mientras los demás fotografiaban y filmaban divertidos. “Por las barbas del Peloponeso” la verdad que tengo unos amigos graciosos y oportunos. Superado este escollo ahora nos internamos en una especie de cueva o túnel rocoso donde fue difícil el desplazamiento por las grietas y piedras altas y sin apoyo. Respiré hondo cuando salimos de allí, alegría breve. Ahora tenemos otra pared enfrente, se sube primero el equipaje de todos , luego me toca a mí con mi reciente experiencia, aquí casi me suben como “un paquete”.

Todos en la cima. Que sensación increíble y pletórica de felicidad, aunque llovía nos fundimos todos en un apretado abrazo por el éxito alcanzado. Mi primera impresión de lo que veía fue de perplejidad. La zona está surcada por grandes sistemas de facturas, la superficie fragmentada en bloques altos y bajas de grietas entrecruzadas. El suelo es impermeable y sobre él se forman ciénagas extensas y de poco fondo. La roca es abrasiva y cortante. No veo nada verde. Jirones de niebla empiezan a rodearnos y nos apresuramos a buscar nuestro “hotel” que no está lejos. Chapoteándo nuestros piés nos llevan hacia una torre pétrea con una saliente que nos sirve de acogedor techo. Se instala nuestro campamento, mientras se prepara la cena el mismo efervesce de actividad. Se acomodan los morrales y equipos mientras se intercambian opiniones sobre las perspectivas de lo que vamos a hacer ahora. El contenido de los morrales desplegado sobre el suelo rocoso da una nota colorida e insólita al lugar ahora tan lejano de la civilización. Dejamos todo el “reguero” y vistiendo trajes de baño bajamos casi con desespero al cercano río, el primer toque de agua es helado pero luego mi cuerpo se “aclimata” y agradece la frescura y caricia con que rodea mi entumida anatomía. Solaz, silencio, paisaje, el sabor único del líquido de los dioses en esta agua cristalina, la grata compañía de las amigas, todo ello se resume en una oleada de emoción que humedece mis ojos y agradecida elevo una oración de gracias a nuestro Creador. De alguna parte surge un delicioso vino y allí sentadas dentro del agua, brindamos. Brindamos por la amistad y por nuestra interesante aventura.

Esa noche la emoción de lo vivido ese día me impide conciliar el sueño , mi mente repite la película de las emociones de esta vivencia, dentro de mi saco en el arenisco suelo y viendo las miles y titilantes luces de las estrellas en el cielo me quedo dormida.

El trino de algún pajarillo me da los “buenos días”, el despertar es glorioso. Parecía que toda la luz del mundo se centrara diluida ante mis ojos, refulgen las charcas de agua, bullen las ígneas rocas. Es un escenario que para mi abre el telón. En compañía de Carlos exploramos el lugar. Se presenta a la vista con todo su encanto de sus múltiples caras. Hay aguas entintadas en todos los colores-azules, son verdes, son blanquísimas, son doradas. Ningún color ni matiz falta, hasta el común marrón. Saltan sobre pétreos escalones, o se deslizan suavemente por canales rocosos. Peñazcos graníticos y negros enormes, otros de arenisca con incrustaciones de minerales. Aquí la naturaleza se impone plenamente. Preciosas flores orgullosas de su colorido, un pequeño arbusto de florecillas rojas, margaritas amarillas. Caminamos sobre lajas de piedra planas, pozos de agua por todos lados dentro de ellos resplandecen los guijarros de nítido cuarzo dándoles un matiz y brillante y las plateadas laminillas de mica semejan estrellas sumergidas en el agua. En esa extensa superficie (la que pudimos abarcar ese día) veo a lo lejos el perfil de enormes rocas que moldeadas por el agua y el viento conforman esculturas sub-realistas (me recordaron al Roraima).

Recogidas nuestras cosas y a pasos lentos caminamos hacia el borde del tepuy por donde subimos anteriormente, el descenso se efectúa con rapell, ahora es más fácil, sin embargo bajar estas paredes merecieron mi profundo respeto. El transitar de vuelta sabiendo ya lo que encontraremos ahora es apacible,l lueve a intervalos, cautela y prudencia, sin apuro teniéndo tiempo de sobra bajamos las piedras y salimos de la selva entrando en la sabana donde el sol nos castiga con fuerza. Llegamos de nuevo a “La Cueva” paraqdormir allí, no queríamos que el viaje se terminase, queríamos prolongarlo lo más posible. Al día siguiente llegamos al ríoTeck lloviendo a mares lo que no impidió que nos bañáramos en el río.

Al día siguiente después de desayunar caminamos hasta “Paratepuy” donde nos esperaba el transporte regresándonos hasta San Fco. De nuevo. En la tarde subí a un autobús que me devolvió a Caracas, mis amigas se quedaron un día más para conocer la ciudad de Santa Helena de Uiarén, donde les fklue muy bien. A todos nos fue muy bien.

Nos vemos en la próxima.

Autor: 
Edilia de Borges